De la ciudad-máquina al taller: herramientas para reparar el futuro

18/05/2026

La ciudad no es el problema

Las ciudades están viviendo un proceso de rápido crecimiento. Según UN Hábitat, cada vez hay más ciudades, y cada vez son más grandes. A menudo, se señala a las metrópolis como las principales culpables de la crisis climática, se estima que son responsables del 70% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Pero es hora de cambiar la narrativa: la ciudad no es el problema, puede y debe ser la solución.

Desde un punto de vista ecológico, la compacidad urbana y la alta densidad son mucho más eficientes que el modelo de ciudad dispersa y suburbial del siglo XX. Una ciudad densa y mixta permite que los servicios básicos, la economía y el talento se concentren, reduciendo la huella de carbono por habitante y optimizando el uso de infraestructuras.

Pero la ciudad no es solo eficiencia. Es también diversidad. Es el lugar donde el encuentro con la «alteridad» puede generar innovación, cultura y nuevas formas de vida. La ciudad es nuestro mejor invento para gestionar recursos en un planeta finito; es el escenario donde pueden nacer nuevas ideas y soluciones, algunas, replicables a escala global.

El límite del modelo actual

Sin embargo, nos enfrentamos a retos climáticos y sociales que nos obligan a replantearnos algunos aspectos, y no todas las ciudades están igual de preparadas para ofrecer estas respuestas. El urbanismo funcionalista del s XX llevado al extremo, con la segregación de usos y el dominio del automóvil, ha potenciado las desigualdades, la contaminación y fenómenos como el efecto isla de calor.

Afrontar estos retos exige replantear la estructura de nuestras ciudades. Apostar por una ciudad más densa y diversa, pero también por una movilidad más limpia y eficiente. Implica, además, entender el verde no como un añadido, sino como una infraestructura capaz de gestionar el agua y regular el microclima. Y, sobre todo, requiere situar en el centro a los colectivos más vulnerables, desde quienes viven en asentamientos informales hasta niños/as y mayores.

El verdadero reto: el conflicto

Ahora bien, aquí reside el gran reto político y social: las transformaciones ambiciosas son, casi por definición, polémicas. Aumentar la densidad y la concentración de usos distintos puede hacer aflorar conflictos. Reducir espacio al automóvil para devolvérselo al peatón o para incrementar el verde urbano, choca con hábitos profundamente arraigados y con supuestos derechos largamente asumidos por la ciudadanía. El miedo al cambio, sumado a un momento de incertidumbre, crece y puede nublar cualquier visión de futuro, por muy bienintencionada que sea. Ignorar esta resistencia es condenar el proyecto al fracaso. Entenderla, en cambio, es el primer paso para avanzar.

El urbanismo no es solo una cuestión de trazar calles, es también gestionar conflictos. Y son más delicadas aun, las transformaciones del espacio público: escenario de la vida colectiva, pero también espacio de disputa.

Del plan al proceso: nuevas herramientas

En mi experiencia, y como se explora en el curso de CIDEU Herramientas para la transformación de las ciudades, no basta con saber «qué» ciudad queremos; hay que saber “cómo” llegar a ella. Existen una serie de herramientas, metodologías y enfoques, muchos procedentes de disciplinas tradicionalmente alejadas del urbanismo, que pueden facilitar estas transformaciones.

En mi opinión estas herramientas, nos obligan a salir de nuestra zona de confort, a rebasar los límites de nuestra experiencia profesional, a superar la lógica de compartimentos estancos de las administraciones y a abrir nuevas formas de pensar y trabajar.

Durante décadas, la planificación urbana se ha entendido como una disciplina rígida, funcionalista, basada en normas, estadísticas y planos, diseñada unidireccionalmente desde un despacho. Hoy, ese modelo, resulta insuficiente.

El taller como metáfora

A mí, me gusta imaginar que este despacho, que ha quedado obsoleto, se ha transformado en un taller de puertas abiertas, vibrante y compartido, desde el que se pueden acometer de forma colectiva estos nuevos retos. En este taller, las paredes están cubiertas de herramientas diversas y accesibles para todos/as. Hay herramientas de precisión, como el análisis de datos y la tecnología climática; herramientas flexibles, como el urbanismo táctico o la experimentación; y herramientas de mediación, como la narrativa o el diseño participativo.

En este taller, el/la urbanista ya no es el/la autor único, sino un/a facilitador/a que mantiene las herramientas afiladas y listas para ser usadas. Aquí, vecinos/as, técnicos/as, artistas, políticos/as…todos/as, nos manchamos las manos colectivamente. Es un espacio de trabajo donde la ciudad no se dicta, sino que se «fabrica» a través del diálogo y el ensayo.

Recuperar la dimensión artesanal

Richard Sennett, rescata la figura del artesano, quizá infravalorado en los tiempos de la confianza en la tecnología y la modernidad, y pone en valor el compromiso con el trabajo bien hecho, que requiere que la cabeza y la mano actúen juntas. El urbanismo del futuro tiene mucho de esta lógica. Debe alejarse de la frialdad y abstracción del plano para recuperar la maestría del taller, donde la técnica y la sensibilidad social se encuentran.

En paralelo, en el mundo del arte, también hay un ejercicio de reparación hacia la artesanía colectiva, que no deja de ser una reivindicación de un “hacer” manual, minucioso, que nos conecta con lo entendido hasta ahora como lo “femenino”, lo cotidiano; ámbitos históricamente infravalorados. En los últimos años, los museos se han llenado de texturas y saberes compartidos, con artistas como Joana Vasconcelos, Teresa Lanceta o Sheila Hicks, que han reivindicado esta sabiduría colectiva como una forma de arte.

De algún modo, este movimiento conecta con el urbanismo de género, que sitúa en el centro la vida cotidiana, los cuidados, el reconocimiento de la diversidad y la idea de comunidad.

La ciudad como proceso vivo

El curso Herramientas para la transformación de las ciudades trata de entender la ciudad como algo vivo, que se teje y se repara, donde el proceso es igual de importante que la transformación en sí misma, en lugar de entender la ciudad como algo que solo se planifica, se diseña, se construye y se termina.

Este enfoque es, en el fondo, una invitación. Una invitación a salir de ese despacho obsoleto, para entrar en un taller colectivo. Porque las soluciones no nacerán de un trazo solitario sobre un papel, sino de la inteligencia colectiva y el compromiso de quienes, juntos/a, nos atrevamos a Re imaginar el lugar que habitamos.

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