De la oportunidad financiera a la transformación urbana. Conversación con Elkin Velásquez.

30/07/2026

XXVIII Congreso CIDEU
Diálogo estratégico sobre la agenda urbana regional ante los desafíos del desarrollo sostenible

Como parte de la agenda del Congreso CIDEU sobre financiamiento para el desarrollo urbano sostenible, realizado en Cuenca, del 15 al 17 de julio de 2026, se realizó un diálogo con Elkin Velásquez, director regional para América Latina y el Caribe de ONU-Hábitat. El objetivo era entender qué tendencias están reconfigurando la agenda urbana regional y cómo esas transformaciones deberían orientar las prioridades de inversión de las ciudades.

ONU-Hábitat no es una agencia de financiación directa. Su valor dentro del ecosistema urbano internacional está en aportar marcos de análisis, evidencia, asistencia técnica, metodologías y capacidad de articulación para conectar las agendas locales con prioridades globales. Desde esa perspectiva, el diálogo se enfocó en qué necesitan fortalecer las ciudades para que los recursos contribuyan a procesos de transformación urbana sostenibles, integrales y con impacto. A continuación se presenta una síntesis de los puntos prioritarios de dicha conversación.

Una agenda urbana que cambia de escala

La conversación partió observando las tendencias de la demanda de las ciudades que, aunque no son nuevas, están cambiando de escala, intensidad e interdependencia. La informalidad urbana, por ejemplo, sigue siendo una de las grandes marcas diferenciales de América Latina y el Caribe. En muchas ciudades, el mejoramiento integral de barrios continúa siendo una demanda central, como intervención física y, además, como operación urbana capaz de abordar vulnerabilidad, acceso a servicios, inclusión social, espacio público, gestión del suelo y oportunidades económicas.

Junto a este desafío histórico, la resiliencia climática aparece con una fuerza creciente. Se reconoce que el cambio climático ya está modificando la forma de planificar, invertir y gestionar las ciudades. La adaptación, la transición energética, la infraestructura resiliente, la vivienda adecuada y la protección de territorios vulnerables se han convertido en dimensiones centrales de cualquier agenda urbana.

Otro tema que vuelve con fuerza es la gestión integral de residuos sólidos, conectada con la economía circular, la transición energética y las demandas ciudadanas por entornos urbanos más sostenibles. Los residuos no son un asunto operativo menor, sino una puerta de entrada a debates más amplios sobre infraestructura, ambiente, gobernanza, innovación y financiamiento.

A estos temas, se suman nuevas agendas que ya están reconfigurando la acción local: las políticas del cuidado, la seguridad ciudadana, la gobernanza del espacio público, la digitalización y el uso de inteligencia artificial en la gestión urbana, entre otros. Elkin Velásquez subrayó que muchas soluciones aparentemente sectoriales tienen impactos mucho más amplios. Un equipamiento para primera infancia, por ejemplo, además de ser una infraestructura social, puede activar debates sobre movilidad, espacio público, seguridad, cuidado, comunidad y gestión territorial.

Invertir en ciudades es invertir en impacto multidimensional

Uno de los aportes más relevantes del diálogo fue desplazar la discusión del financiamiento desde la pregunta por los recursos hacia la pregunta por el impacto. En muchas ocasiones, los proyectos se formulan, se ejecutan y se evalúan dentro de plazos administrativos o políticos muy cortos. Pero las verdaderas transformaciones urbanas se miden en horizontes más largos: tres, cinco, diez años después.

Desde la mirada de ONU-Hábitat, esta dimensión es central. Si las ciudades logran demostrar mejor el impacto multidimensional de sus proyectos, también podrán dialogar con mayor solidez con actores financieros, organismos multilaterales, gobiernos nacionales y sector privado. Se trata de poder demostrar cómo una intervención puede incidir al mismo tiempo en vivienda, salud, seguridad, cohesión social, productividad, sostenibilidad y reducción de pobreza.

El ejemplo de la vivienda es especialmente claro. Una inversión en vivienda adecuada no mejora solo las condiciones habitacionales; puede producir efectos en cascada sobre otras dimensiones de la pobreza y el bienestar. Esto cambia la forma de argumentar una inversión justificando qué intervenciones generan mayor impacto integrado sobre la calidad de vida de la población.

Esa misma lógica permite entender por qué los proyectos urbanos integrales son más estratégicos que las intervenciones aisladas. Sin embargo, también son más difíciles de estructurar. Las administraciones públicas, los bancos y los sistemas de financiamiento suelen estar organizados por sectores. Las ciudades, en cambio, funcionan como sistemas interdependientes. Ahí aparece uno de los grandes dilemas: seguir formulando proyectos sectoriales, más simples de tramitar, o avanzar hacia proyectos integrales, más complejos, pero con mayor capacidad transformadora.

Cómo reforzar el apoyo a los gobiernos locales

La conversación también permitió plantear una cuestión de fondo: cómo hacer que las tendencias urbanas se traduzcan en una agenda de apoyo más efectiva para los gobiernos locales. Cuando hablamos de financiamiento urbano, no hablamos únicamente de proyectos específicos, sino de las condiciones que necesitan las ciudades para actuar con escala, continuidad e impacto.

Desde la perspectiva de ONU-Hábitat, reforzar el apoyo a las ciudades implica combinar recursos financieros con asistencia técnica, capacidades institucionales, evidencia, instrumentos adecuados y articulación entre actores. El financiamiento internacional puede ser clave, pero no debería llegar únicamente al final del proceso, cuando el proyecto ya está formulado. Muchas ciudades necesitan apoyo antes: para diagnosticar, priorizar, estructurar, modelar impacto, construir gobernanza y definir mecanismos de cierre financiero.

En este punto aparece un problema recurrente: hay muchas buenas ideas, muchas presentaciones y muchas necesidades identificadas, pero no siempre existen proyectos suficientemente estructurados. Para conversar con financiadores públicos o privados, las ciudades necesitan carteras amplias de proyectos sólidos. Sin embargo, estructurar buenos proyectos también cuesta recursos, tiempo y capacidades. ¿Quién financia esa etapa? Esa sigue siendo una de las preguntas críticas del ecosistema urbano regional.

La brecha afecta especialmente a las ciudades intermedias y a los gobiernos locales con menor capacidad técnica. Las ciudades con equipos más robustos suelen estar mejor posicionadas para acceder a recursos, mientras que aquellas que más necesitan apoyo pueden quedar fuera por no contar con proyectos maduros. Por eso, el financiamiento para el desarrollo urbano sostenible también debe mirar las capacidades previas.

El papel de ONU-Hábitat y de las redes de ciudades

Aunque ONU-Hábitat no financie directamente, puede cumplir un papel estratégico en este proceso. Puede acompañar la planificación, aportar metodologías, conectar experiencias, apoyar la estructuración de agendas urbanas, fortalecer capacidades y ayudar a que las ciudades traduzcan sus prioridades en proyectos con mayor consistencia técnica, territorial y financiera.

Ese acompañamiento es especialmente valioso cuando se basa en el aprendizaje aplicado. Las ciudades construyen capacidades cuando trabajan sobre proyectos concretos, comparan experiencias, adaptan metodologías y aprenden haciendo. También cuando involucran a universidades, equipos técnicos, sociedad civil y comunidades, de modo que el conocimiento no dependa solo de un ciclo político o de una administración.

La continuidad es otro elemento decisivo. En América Latina y el Caribe, los cambios de gobierno suelen afectar la permanencia de equipos, metodologías y proyectos. Frente a ello, Elkin Velásquez destacó el valor de los ecosistemas locales y de la participación ciudadana. Cuando una comunidad reconoce el impacto positivo de un proyecto, puede convertirse en su principal defensora. Cuando las capacidades quedan instaladas en universidades, equipos técnicos y redes locales, es más probable que sobrevivan a la rotación institucional.

En este contexto, redes como CIDEU cumplen una función estratégica. Son bienes públicos regionales que permiten conectar aprendizajes, escalar buenas experiencias y evitar que cada ciudad tenga que empezar desde cero. La región cuenta con múltiples casos valiosos; el desafío es convertirlos en conocimiento compartido, metodologías transferibles y capacidades útiles para muchas más ciudades.

De la oportunidad financiera a la transformación urbana

El financiamiento internacional es una oportunidad, pero no sustituye la estrategia urbana. Los recursos tienen mayor impacto cuando encuentran prioridades claras, proyectos integrales, evidencia sólida, capacidades instaladas y una visión de ciudad. Por eso, al debate de qué fondos están disponibles, hay que incorporar la discusión de qué tipo de ciudades queremos construir y qué condiciones necesitamos para hacerlo posible.

Financiar ciudades es invertir en vivienda, resiliencia, cuidado, movilidad, espacio público, servicios, gobernanza y cohesión social. Es reconocer que las transformaciones globales se juegan, en gran medida, en territorios concretos.

Para las ciudades iberoamericanas, el reto es doble: interpretar mejor las tendencias que están cambiando la agenda urbana y fortalecer su capacidad para convertir prioridades en proyectos financiables, integrales y sostenibles. Para los actores de cooperación y financiamiento, el desafío es acompañar ese proceso con instrumentos, asistencia técnica y apoyos que respondan a la realidad de los gobiernos locales.

En el fondo, se trata de pasar de una lógica de proyectos aislados a una lógica de transformación urbana. Y en ese camino, la planificación estratégica, la cooperación técnica, el aprendizaje entre ciudades y la medición del impacto son condiciones para que el financiamiento contribuya realmente al desarrollo urbano sostenible.

 

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