Prospectiva y territorio: Asuntos globales con impactos locales

31/08/2026

Luis Duran
Docente de la Especialización en Pensamiento Estratégico Urbano

Diez megatendencias para gestionar el futuro de las ciudades.

Hay una incomodidad propia de quienes trabajamos con ciudades y territorios: buena parte de las decisiones que tomamos hoy producirán sus mayores efectos cuando el mundo sea bastante distinto al que conocemos.

Una vía, una línea de transporte público, una política de vivienda o un nuevo desarrollo urbano pueden tardar años en planificarse y permanecer muchas décadas en funcionamiento. Sin embargo, solemos proyectarlos utilizando información del presente y, muchas veces, suponiendo que las condiciones actuales seguirán siendo más o menos las mismas, probablemente no será así.

La distribución del poder mundial está cambiando. La población envejece en unos lugares mientras crece en otros. La inteligencia artificial modifica el trabajo y la productividad. La biotecnología abre nuevas fronteras para la vida. Agua, energía, biodiversidad y minerales críticos regresan al centro de la geopolítica. Y las ciudades funcionan cada vez menos dentro de los límites administrativos con los que todavía insistimos en gobernarlas. Para estudiar estos fenómenos conviene vincular la prospectiva dentro de los procesos de planificación estratégica urbana.

No porque permita adivinar lo que ocurrirá, pues no lo hace, sino porque ayuda a entender las fuerzas de transformación, explorar futuros posibles y tomar mejores decisiones en contextos de incertidumbre.

En esa dirección, estudiar asuntos globales como las megatendencias para determinar los impactos que pueden tener en las decisiones territoriales, resulta determinante para definir con mayor amplitud el futuro de nuestras ciudades. 

Empecemos pues por ordenar la lectura, cuando se trata de estudiar megatendencias, las podemos agrupar en cuatro grandes dimensiones: cambios en el sistema mundial, transformaciones tecnológicas, cambios en los recursos que sostienen el desarrollo y transformaciones socio-territoriales. De allí surgen diez megatendencias más relevantes para quienes toman decisiones sobre ciudades y regiones. 

La primera de ellas es: Un mundo multipolar, que pertenece al primer grupo. El poder cambia de lugar, y las ciudades también lo sienten. El poder económico, político y tecnológico está más distribuido, pero también es más disputado. Paralelamente, las cadenas globales de valor se reorganizan mediante procesos de nearshoring, friendshoring, reshoring y búsqueda de mayor resiliencia logística.

Es fácil pensar que todo esto se trata de estrategias determinadas con geopolítica. No es así. Cuando cambian las cadenas de suministro también cambia el valor relativo de un puerto, un aeropuerto, una zona franca, una carretera o una plataforma logística. Una transformación que en apariencia se lee como global, termina modificando decisiones exclusivamente locales.

Junto a esta mega, y en el mismo grupo, aparece otra mucho más normalizada y previsible: La divergencia demográfica. El mundo sigue creciendo, pero no lo hace de manera uniforme. Hay países que envejecen aceleradamente, territorios que pierden población, ciudades receptoras de migración y regiones que aún cuentan con grandes contingentes de población joven.

Para la planificación territorial, la demografía tiene una virtud estructural: permite observar algunos cambios con mucha anticipación. La población que tendrá 70 años dentro de veinte años ya está entre nosotros. Podemos estimar, por tanto, una parte importante de la demanda futura de salud, cuidado, vivienda accesible, movilidad y servicios.

Aparece entonces el segundo grupo de transformaciones que tiene que ver con la productividad, el conocimiento y las capacidades humanas, y con él, otra serie de megatendencias, donde la primera del grupo es: La inteligencia expandida. Una suerte de “segunda mente” que ha puesto la conversación sobre inteligencia artificial entre el entusiasmo y el temor, sin hacernos preguntas clave: ¿qué capacidades necesitamos construir para utilizarla bien?

Porque el problema no consiste simplemente en procurarse tecnología, un gobierno puede adquirir plataformas sofisticadas de inteligencia artificial y seguir teniendo bases de datos fragmentadas, información no interoperable, catastros desactualizados y equipos sin capacidades para interpretarla. La diferencia territorial estará probablemente en los datos confiables, la gobernanza de la información, la privacidad, la ciberseguridad y el talento disponible para utilizar estas herramientas con criterio. Catastro, movilidad, logística, gestión del riesgo, servicios públicos o gemelos digitales son apenas algunas de sus posibles aplicaciones.

Luego aparece la segunda mega del grupo: La vida programable. La biotecnología ya no pertenece exclusivamente a los laboratorios farmacéuticos. Edición genética, biofabricación, medicina personalizada, nuevos materiales y bioeconomía empiezan a tener impactos en la salud, la alimentación, la agricultura y la industria. Para muchos territorios esto abre preguntas especialmente relevantes: Siendo extraordinariamente ricos en biodiversidad y recursos biológicos, ¿cómo garantizamos que esa riqueza logre que capturemos el conocimiento y el valor que se deriva de ella?, ¿cómo construimos capacidades científicas, empresariales e institucionales a su alrededor?

La tercera mega de este grupo es: La producción distribuida. Robótica, manufactura avanzada, impresión 3D y nuevas tecnologías productivas permiten producir de otra manera y, en muchos casos, más cerca del consumidor, lo que puede volver a poner la industria dentro de territorios que durante décadas la vieron desplazarse hacia otros lugares. Obvio, precede la pregunta para una ciudad sobre lo que quiere atraer: ¿Solamente ensamblaje?, o también ¿diseño, investigación, mantenimiento, logística especializada e innovación? La respuesta permitirá determinar qué tanto valor permanecerá de manera sostenible en el territorio.

Entremos entonces al tercer grupo de análisis en donde los recursos vuelven al centro de la estrategia, venciendo la creencia de que una economía basada en conocimiento iba a reducir nuestra dependencia de los recursos naturales. Lo que está ocurriendo es algo bastante distinto.

La transición energética necesita cobre, litio y otros minerales. La producción de alimentos necesita agua y suelo fértil. Los centros de datos requieren enormes cantidades de energía. La biodiversidad adquiere valor económico y científico. Y el cambio climático está alterando la disponibilidad de muchos de esos recursos y la vida de los territorios en donde se encuentran.

En esa vía, la primera mega de este grupo es: La energía y los recursos críticos, que los trae de vuelta al centro de la estrategia territorial con una paradoja insoslayable: poseer un recurso estratégico no garantiza desarrollo. El mundo tiene suficientes ejemplos de territorios extraordinariamente ricos en recursos naturales y, al mismo tiempo, pobres en capacidades institucionales, infraestructura, conocimiento o mecanismos de distribución de beneficios.

Para quienes estamos en el universo de la planificación de ciudades, debemos respondernos preguntas que ya no pueden ser exclusivamente ambientales: ¿Cuánta agua estará disponible dentro de veinte o treinta años para garantizar nuestra seguridad hídrica?, ¿Qué actividades productivas podrá soportar una región para no saturar su capacidad de carga?, ¿Qué efectos tendrá la expansión urbana sobre una cuenca?, ¿Qué conflictos aparecerán entre consumo humano, agricultura, industria y conservación?

Finalmente, entramos al cuarto grupo de transformaciones que se siente mucho más cerca de lo cotidiano, y en este ámbito, la primera de las megas es: El trabajo líquido. Trabajo remoto, modalidades híbridas, plataformas digitales y contratación por proyectos están minando la relación que durante más de un siglo parecía evidente, la de la proximidad: para tener determinado empleo había que vivir cerca de dicho lugar de trabajo. Hoy es otra realidad: cuando el talento puede desplazarse con mayor libertad, las ciudades compiten no solamente por atraer empresas, compiten también por atraer y retener personas.

De repente, variables que tradicionalmente clasificábamos como calidad de vida adquieren también un significado económico: acceso a vivienda, conectividad, seguridad, cultura, servicios, espacio público o naturaleza urbana, pueden convertir a determinado territorio como un lugar competitivo para producir conocimiento. 

Algo similar ocurre con la siguiente mega del grupo: El aprendizaje continuo. Durante mucho tiempo organizamos la vida con la visual de una secuencia imaginariamente estable: estudiar, trabajar y retirarse. Una estructura que pierde vigencia cuando los conocimientos y competencias envejecen cada vez más rápido. Entonces aprender deja de ser una etapa. La ciudad que quiera ser competitiva necesitará construir sólidos ecosistemas de aprendizaje permanente en los que interactúen universidades, centros técnicos, empresas, gobiernos y ciudadanos. No se trata sólo de políticas educativas adscritas exclusivamente a la academia, sino también a entornos productivos, sociales y de territorio.

La siguiente mega de este grupo es: La sociedad hiperconectada. Nunca habíamos tenido semejante capacidad para comunicarnos y construir narrativas individuales, pero al mismo tiempo, quizá nunca habíamos tenido que pensar tanto en polarización, desinformación, privacidad, aislamiento o ser presas de la economía de la atención. Lo que nos pone de frente contra otra paradoja: contar con aparatos que nos permitan más conectividad, no significa que estemos más cohesionados.

La última de las megas que aquí se exponen es: Los territorios en redefinición. Seguimos pensando y gobernando el territorio con cartografías que cada vez explican menos cómo funciona realmente la vida urbana. Una persona puede dormir en un municipio, trabajar en otro, estudiar en un tercero, abastecerse de agua proveniente de una cuenca localizada mucho más lejos y formar parte de una economía que opera a escala regional o mundial. La ciudad real desborda a la ciudad administrativa. Áreas metropolitanas, corredores urbanos, regiones policéntricas, ciudades intermedias y territorios funcionales están configurando unas nuevas geografías que hoy retan la manera en que las gestionamos.

Por esto, asuntos como movilidad, vivienda, empleo, infraestructura verde, agua o logística difícilmente pueden resolverse dentro de un único municipio. La gobernanza supramunicipal cobra cada vez mayor sentido porque también las escalas y el entendimiento del territorio han cambiado

Así pues, conocer las megatendencias es relativamente sencillo, hay informes, estudios, rankings, conferencias y publicaciones que las actualizan constantemente. Lo verdaderamente retador es transformarlas en conocimiento útil para decidir. Normalmente, de ellas se extraen factores de cambio, que luego se transforman en variables estratégicas locales, que es lo que nos permite avanzar en la construcción de los futuros anhelados para los territorios. 

Hablar del futuro casi siempre resulta seductor: ciudades inteligentes, vehículos autónomos, inteligencia artificial, edificios que producen energía o la biotecnología generan imágenes extraordinarias que nos mantienen distraídos. El problema esencial no será imaginar, tampoco será un asunto exclusivamente tecnológico, será un tema de capacidades.

Necesitaremos gobiernos capaces de leer y accionar permanentemente en su entorno, equipos con visiones menos fragmentadas, mejores sistemas de información, instituciones que aprendan, liderazgos capaces de tomar decisiones sorteando la incertidumbre y redes de cooperación entre sector público, empresa, academia y ciudadanía. La prospectiva no nos va a eliminar la incertidumbre, solo nos va a enseñar a trabajar con ella.

Y quizá esa sea su mayor contribución a la gestión territorial: recordarnos que planificar no consiste únicamente en organizar aquello que ya conocemos, sino también en prepararnos para aquello que todavía no conocemos suficientemente. En ese sentido, ni la prospectiva ni las megatendencias nos dirán cómo será una ciudad dentro de treinta años, pero sí nos ayudarán a comprender las fuerzas están comenzando a transformarla, pero, sobre todo, pueden obligarnos a formular la pregunta que realmente importa: ¿Qué capacidades debemos empezar a construir hoy para que nuestros territorios tengan más posibilidades de elegir su futuro mañana?

Porque necesitamos menos fascinación por el futuro y bastante más capacidad para construirlo.

 

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